domingo, 11 de mayo de 2014

Había mañanas en las que Lyam pensaba en cómo le gustaría ver aquel palacio destrozado, mañanas en las que su mente se imaginaba el techo cayendo y las paredes rompiéndose, quebrando el suelo en su descenso, aplastando todo cuánto hubiese en su interior, transformando lo que otrora había sido el lugar más bello del mundo en un matojo de ruinas y escombros. Imaginaba los cuerpos de todos aquellos a los que había definido como indeseables convertidos en carne despellejada y huesos rotos, perdiendo sus facciones por el desastre, alcanzado la muerte mientras comían o se duchaban, mientras leían o dormían, sintiéndose seguros mientras el atentado comenzaba a ser mascado, convencidos de la fortaleza del lugar, de la buena voluntad de los que compartían techo con ellos. Un odio había brotado en su interior, y como la mala hierba que nace en las praderas, crecía inmortal entre la bondad de los guerreros. Palacio debía desaparecer, los líderes debían desaparecer, tal vez el mundo entero debía desaparecer. ¿Por qué esforzarse en enmendar algo que no tenía solución? El mundo era injusto, el mundo era cruel; el infierno era aquel mundo, y todos los monstruos de las leyendas vagaban por él, y tomaban puestos altos y bajos, y te miraban al pasar, y dejaban limosnas y visitaban burdeles, y entonaban sermones y empuñaban sables, y rezaban a los dioses aunque supiesen que no había dioses ante los que confesarse, y decían todo cambiará, al final la felicidad llegará aunque supiesen que era mentira, aunque supiesen que en aquel mundo endemoniado no había buen final para nadie. Entonces ¿por qué seguir? ¿Por qué no terminar aquella pantomima? ¿Por qué seguir ofreciendo aquella esperanza si no existía, si nunca había existido? Quien nacía granjero moría granjero, quien nacía miserable moría miserable. Así había sido siempre, así se lo habían enseñado; de aquello había intentado huir y de aquello se había alimentado su odio cuando en su huida cayó de bruces contra el suelo, cuando aquel palacio salvador se desmoronó por primera vez y sólo quedaron visibles a sus ojos los auténticos cimientos sobre los que se había formado.
A veces Lyam, subido en sus tejados, pensaba en el fin del mundo y la destrucción de Palacio. Pero cuando atravesaba las ventanas y se colaba dentro, cuando al avanzar por los pasillos se encontraba con la muchacha, cuando sus ojos marrones se topaban con los suyos verdes, su terrorismo desaparecía; las imágenes de las paredes cayendo y del mundo desapareciendo cambiaban entonces, y donde hubo regocijo y suicida tranquilidad, aparecía angustia y miseria profunda. Si el mundo caía, ella caería también; si Palacio se rompía, ella se rompería también, y junto a aquellos indeseables perecería. Un odio había inundado su pecho, pero como las estrellas que tintinaban en la noche, un amor claro había nacido dentro de él, y por eso cuando finalmente el sol caía, pensaba que tal vez aquel mundo aún no fuese un infierno.

probablemente no vuelva a postear nada aquí; ahora mismo todo lo que escribo o bien no lo subo a internet, o bien lo subo a un blog privado, o bien lo publico en mi notegraphy (noteventherain para los interesados). Blogger me resulta bastante aburrido; últimamente no leo nada por aquí, y sólo me paso para actualizar el blog privado, así que si queréis seguir leyendo mis chorradas (o al menos leerlas con más frecuencia), buscadme en notegraphy.