miércoles, 9 de octubre de 2013

huh

Roland Bukowski quería recorrer mundo; quería viajar, de Austria a España y de España a Japón; quería pisar la Laponia, y quería perderse en los desiertos de África y en las selvas de Sudamérica. Quería volar, y desde las nubes ver el océano, contemplar los cambios de las tierras, la transformación del paisaje, del cielo, de las ciudades. Quería embarcar, colarse en un buque y observar desde la cubierta la espuma que el vehículo dibujaba a su paso, escuchar el sonido de las olas meciendo el buque, del mar al romper contra la proa, y notar el agua salpicándole las mejillas, los dedos y los brazos. Quería pillar el coche y recorrer la carretera; sentir el ruido de las ciudades reventándole los oídos y la calma de los pueblos, de lo rural, templándole los sentidos, cerrándole los ojos; quería parar en mitad de un erial, tumbarse en el asiento trasero, adormilarse escuchando el bullicio del anochecer y despertar al amanecer, cuando la carretera no es más que un huérfano camino de alquitrán; quería desayunar a lo americano en un mal motel (huevos fritos y tortitas, sí, y un café cargado), escuchar la música desconocida del lugar (tal vez rock, punk, indie, o puede que sólo country; qué sabrá él de música) mientras engulle los hidratos, y luego salir de nuevo ahí fuera, a la carretera ya desprovista de orfandad, y avanzar hasta no sentir los dedos. Quería comprar billetes de tren, y observar, recostado en su asiento, cómo los árboles se volvían rascacielos, y cómo los viajeros subían y bajaban. Y quería escribir y decir, y realmente quería hacerlo, que había visto el mundo, que había encontrado lo que Holden ansiaba y lo que Gatsby añoraba, que ya sabía adónde iban los patos de Central Park cuando el lago se helaba y que había conocido a su Daisy, a una muchacha que leía teatro y que hablaba con acento extraño, que odiaba el cine y los trucos de magia a lo David Copperfield.

Quería viajar, el pobre Roland Bukowski (el enamorado de la generación beat y de la generación perdida, el coleccionista de chapas que siempre viste vaqueros de colores y zapatillas agujereadas, el muchacho de muchas buenas intenciones pero pocas nueces que lee poemas en mitad de la calle), pero se quedó estancado en el bar familiar, sirviendo té a tíos a lo Tom Buchanan y escribiendo en servilletas de papel, preguntándose qué pasaba en Central Park cuando el invierno llegaba.


(this is EL ABURRIMIENTO!!!!)
(sé que el guardián entre el centeno no es de la generación beat, y que Bukowski tampoco lo es).